VIVE. AMA. DÉJATE LLEVAR


Solo podemos aprender a querer queriendo

lunes, 17 de junio de 2013

Se suicidaban una tras otra aquellas pequeñas inmortales, salidas de un telón pintado de tristes tonos negros, grises y azules.
Cada vez que la chica del abrigo negro se topaba con un reflejo suyo, no dudaba en apartar la mirada, pensando quizás que esa imagen desaparecería, puede que algún día se esfumase como tantas veces ella había imaginado; en un universo, dentro de los miles que guardaba bajo su almohada, tenía una imagen de sí misma que le gustaba: Era un animal, esbelto, envuelto en un pelaje suave y vistoso, nadie le juzgaría nunca, pasearía siempre a su aire por parajes llenos de árboles a los que subirse y ríos en los que reflejarse, sin ninguna preocupación, cuyo único pensamiento fuera la felicidad, porque sería feliz; luego volvía a su realidad, esa en la que las calles eran solitarias pero llenas de gente que mira por encima del hombro y gente que mira a través de las demás personas.
Le encanta pasar desapercibida para estar segura de que nadie le mira, de que nadie ve esa imagen que ella quiere borrar del alcance de la vista humana, no soportaba la idea de pensar que alguien pudiera pensar de ella lo que, de echo, ella pensaba de si misma, porque no hay jueces en esta historia, no hay nadie que juzgase a la chica del abrigo negro más que la propia chica del abrigo negro, y cada vez que se topaba con un reflejo suyo, del escenario de los dioses que eran sus ojos, se suicidaban una tras otra aquellas pequeñas inmortales.

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